Las huellas que dejó por el camino, los recuerdos que renacen, las pequeñas notas olvidadas en algún cajón. Pequeños detalles que miden el peso de una vida, ya pasada, en las personas que la rodearon.
Tras cinco años de su partida, sigo descubriendo detalles de la persona que fue mi abuela, tan importante para mí.
La primera vez que descubrí la magia del séptimo arte fue yendo con ella de la mano, con pasos torpes y sentada en una butaca no lo suficientemente alta como para que la baranda del gallinero del Cine Calderón de Motril interrumpiera mi visión de la pantalla. Aún con la baranda de por medio, en cuanto la sala oscureció y las imágenes comenzaron a danzar en la pantalla, me dejaron hipnotizada. La historia de la película "Bambi" hizo el resto.
Pasión aún mayor por el cine era la que debía sentir mi abuela, que casi disfrutaba más que sus nietas cuando nos llevaba al cine y, tal y como me contó hace poco mi madre, no concebía un fin de semana, o miércoles (de todos conocido "Día del Espectador") sin las historias que transcurrían en la gran pantalla.
Tanto es así que, en caso de pasar un periodo de apretarse el cinturón, ella misma decía que prefería no comer a privarse de ir al cine.
No me cuesta imaginar las noches en que arrastraría a mi abuelo al cine, después de que este último saliera de una dura jornada de trabajo y, por el cansancio, se quedara dormido en la butaca de al lado (en nuestra familia somos de sueño fácil). Ella, mientras tanto, quedaría hipnotizada por la película de la semana, tal vez viendo una del Oeste, un musical romanticón con rubias oxigenadas y galanes engominados de aspecto impecable o, quién sabe, tal vez viendo a Judy Garland recorrer el camino de baldosas amarillas.
Hoy es esta huella la que ha renacido entre los recuerdos de quienes la conocieron, mañana quizás sea su pasión por la pintura o las ganas de aprender que nunca dejó a un lado, las que me lleven a descubrir más detalles de la persona que fue mi abuela, pero mucho me temo que nunca dejaré de recorrer este camino de baldosas amarillas.
lunes, 6 de agosto de 2012
lunes, 21 de mayo de 2012
¿Cuál es tu razón? ("Wicked" Musical)
"(...) I've heard that people come into our lives for a reason (...)"
lunes, 19 de marzo de 2012
Y un suspiro se escapó por el camino
Hoy he vuelto a desandar el camino
que tantas veces había realizado.
Paré un momento,
para recordar,
y sentí el tacto del viento,
y recordé aquel día de primavera.
Quise que el viento volviera a traerme
el sonido de sus pasos
y de su voz.
Sólo se escuchó el susurro de las hojas.
Quizás fuera su forma de saludarme.
Con un momento precioso hecho poesía
que pocas personas podrían regalar
que tantas veces había realizado.
Paré un momento,
para recordar,
y sentí el tacto del viento,
y recordé aquel día de primavera.
Quise que el viento volviera a traerme
el sonido de sus pasos
y de su voz.
Sólo se escuchó el susurro de las hojas.
Quizás fuera su forma de saludarme.
Con un momento precioso hecho poesía
que pocas personas podrían regalar
...y un suspiro de nostalgia dejé por el camino.
jueves, 29 de diciembre de 2011
En honor a mi querido Lord Henry
Es innegable, en el mundo hay momentos que son poesía.
Poesía entendida en el más amplio sentido de la palabra:
visual, sentimental, bella.
Muchas personas seguramente piensen
que la poesía sea simplemente
un invento del hombre,
y en gran medida llevan razón.
Sin embargo, hay determinados momentos en la vida
que se salen de lo cotidiano,
donde la invención poética del hombre
se alinea con un momento clave en la vida de una persona,
a su vez alineado con momentos simbólicos y poéticos del día.
Entonces nace la poesía en el más amplio sentido de la palabra.
Hasta hace poco tiempo
no había reparado en la poética
de un momento vivido hace unos meses,
tan bello como triste.
Ese momento fue con mi querido compañero Enrique,
donde la naturaleza se alineó
con una de las pocas personas
que lo hubieran sabido apreciar,
por lo excepcional que era,
no sólo para mí, sino para todas las personas
que tuvieron el honor de cruzarse en su camino.
El momento en cuestión se desarrolló
en un día de primavera, al atardecer,
de esos atardeceres excepcionalmente bellos.
Mientras, yo me encontraba con una compañera
grabando unas tomas para un trabajo de clase
en un camino que llega hasta mi facultad,
rodeado de vegetación donde la luz bañaba
el pequeño camino.
Entonces, vimos que bajaba, como siempre,
nuestro querido compañero y amigo Enrique
(Lord Henry, como le solíamos llamar por su innegable elegancia de Lord inglés).
Salimos a su encuentro para saludarlo,
pero nos dejó de piedra la fragilidad que mostraba,
más que las flores que bordeaban el camino,
donde sus pasos ya no sonaban con la misma energía
y su vida se apagaba tal y como se estaba apagando el día,
inundados de una luz bellísima, pero de un modo enormemente triste.
Después de ese día, sólo volví a ver una vez más a Enrique,
el día de la graduación, pero fue el día narrado
cuando vi que se despedía de la facultad,
la que había sido durante los últimos dos años
un templo de sabiduría, donde él era el verdadero maestro,
y el resto meras personas afortuanadas de compartir
pupitre, aula y pasillos con él.
En aquel atardecer, Enrique desandó el camino
que tantas veces había andado,
por última vez,
en una rutina
que se llenaba con su voz
y el sonido de sus zapatos.
Mientras,
el sol se apagaba
al mismo tiempo
que la vida de una persona maravillosa.
Poesía entendida en el más amplio sentido de la palabra:
visual, sentimental, bella.
Muchas personas seguramente piensen
que la poesía sea simplemente
un invento del hombre,
y en gran medida llevan razón.
Sin embargo, hay determinados momentos en la vida
que se salen de lo cotidiano,
donde la invención poética del hombre
se alinea con un momento clave en la vida de una persona,
a su vez alineado con momentos simbólicos y poéticos del día.
Entonces nace la poesía en el más amplio sentido de la palabra.
Hasta hace poco tiempo
no había reparado en la poética
de un momento vivido hace unos meses,
tan bello como triste.
Ese momento fue con mi querido compañero Enrique,
donde la naturaleza se alineó
con una de las pocas personas
que lo hubieran sabido apreciar,
por lo excepcional que era,
no sólo para mí, sino para todas las personas
que tuvieron el honor de cruzarse en su camino.
El momento en cuestión se desarrolló
en un día de primavera, al atardecer,
de esos atardeceres excepcionalmente bellos.
Mientras, yo me encontraba con una compañera
grabando unas tomas para un trabajo de clase
en un camino que llega hasta mi facultad,
rodeado de vegetación donde la luz bañaba
el pequeño camino.
Entonces, vimos que bajaba, como siempre,
nuestro querido compañero y amigo Enrique
(Lord Henry, como le solíamos llamar por su innegable elegancia de Lord inglés).
Salimos a su encuentro para saludarlo,
pero nos dejó de piedra la fragilidad que mostraba,
más que las flores que bordeaban el camino,
donde sus pasos ya no sonaban con la misma energía
y su vida se apagaba tal y como se estaba apagando el día,
inundados de una luz bellísima, pero de un modo enormemente triste.
Después de ese día, sólo volví a ver una vez más a Enrique,
el día de la graduación, pero fue el día narrado
cuando vi que se despedía de la facultad,
la que había sido durante los últimos dos años
un templo de sabiduría, donde él era el verdadero maestro,
y el resto meras personas afortuanadas de compartir
pupitre, aula y pasillos con él.
En aquel atardecer, Enrique desandó el camino
que tantas veces había andado,
por última vez,
en una rutina
que se llenaba con su voz
y el sonido de sus zapatos.
Mientras,
el sol se apagaba
al mismo tiempo
que la vida de una persona maravillosa.
Aún llora la Cartuja de Granada.
sábado, 24 de diciembre de 2011
Historia de pequeñas cosas que merecen una foto
Llegué a Madrid desde Granada, donde las personas, al no tener la Sierra Nevada cerca, escalaban por los enchufes.

Entre el Retiro y el Parque del Oeste, me encontré a una sabia cuentacuentos que me advirtió de que tuviera cuidado con las ancianas que regalaban apetitosas manzanas, porque éstas estaban envenenadas.

Ingenua de mí, no pude resistirme al apetitoso color de la manzana al encontrarme con una...

La manzana envenenada provocó que tuviera alucinaciones y mareos, viendo todo lo que me rodeaba como si estuviera mirando por un caleidoscopio...

Justo cuando cerré los ojos para no marearme a causa de las alucinaciones empecé a escuchar la música de un piano, que me calmó durante un rato...

Al comentarle al pianista mi problema de visión, me dió esta vieja cámara de fotos, con la que me dijo que volvería a ver las cosas con normalidad y buena perspectiva.

Toda esta aventura me había dejado hambrienta, por lo que intenté buscar un sitio para comer.
Al verme un tanto perdida, un niño gordito se me acercó y me recomendó un lugar donde había buena comida, aunque al verme un tanto desconfiada (después de la manzana no me fiaba mucho de la gente), me dijo: "Trust me, I'm a Goonie". Eso fue suficiente para convencerme.

De modo, que llegué a un restaurante que se había quedado anclado en los años '50, pero donde finalmente pude comer como es debido.

Después de almorzar, continué caminando por la ciudad, donde me encontré a majestuosas personas mitad animales, mitad hombres, que con maravillosas canciones me enseñaron el valor de "El Ciclo de la Vida".


Tras este día agotador, decidí descansar en un lugar llamado "La fábrica de Sueños"...

Además de un sitio para descansar, era un lugar donde podías soñar con los ojos abiertos, formulando todos tus deseos,

que iban a parar a un gran bombo donde se echaba a suertes, cuáles se harían realidad.

Aún no sé si los sueños que formulé se cumplirán, pero entre tanto volví a Granada, donde esta maravillosa luz me dió la bienvenida.

Entre el Retiro y el Parque del Oeste, me encontré a una sabia cuentacuentos que me advirtió de que tuviera cuidado con las ancianas que regalaban apetitosas manzanas, porque éstas estaban envenenadas.
Ingenua de mí, no pude resistirme al apetitoso color de la manzana al encontrarme con una...
La manzana envenenada provocó que tuviera alucinaciones y mareos, viendo todo lo que me rodeaba como si estuviera mirando por un caleidoscopio...
Justo cuando cerré los ojos para no marearme a causa de las alucinaciones empecé a escuchar la música de un piano, que me calmó durante un rato...
Al comentarle al pianista mi problema de visión, me dió esta vieja cámara de fotos, con la que me dijo que volvería a ver las cosas con normalidad y buena perspectiva.
Toda esta aventura me había dejado hambrienta, por lo que intenté buscar un sitio para comer.
Al verme un tanto perdida, un niño gordito se me acercó y me recomendó un lugar donde había buena comida, aunque al verme un tanto desconfiada (después de la manzana no me fiaba mucho de la gente), me dijo: "Trust me, I'm a Goonie". Eso fue suficiente para convencerme.
De modo, que llegué a un restaurante que se había quedado anclado en los años '50, pero donde finalmente pude comer como es debido.
Después de almorzar, continué caminando por la ciudad, donde me encontré a majestuosas personas mitad animales, mitad hombres, que con maravillosas canciones me enseñaron el valor de "El Ciclo de la Vida".
Tras este día agotador, decidí descansar en un lugar llamado "La fábrica de Sueños"...
Además de un sitio para descansar, era un lugar donde podías soñar con los ojos abiertos, formulando todos tus deseos,
que iban a parar a un gran bombo donde se echaba a suertes, cuáles se harían realidad.
Aún no sé si los sueños que formulé se cumplirán, pero entre tanto volví a Granada, donde esta maravillosa luz me dió la bienvenida.
De vuelta al hogar.
Sara Álvarez Pedrosa
sábado, 17 de diciembre de 2011
Quiero...
Que quiero la paz del mar,
la inmensidad de unos ojos profundos
al observar el mundo sin prejuicios.
Quiero la belleza de las tierras del norte
o de pasear por mi sur con ojos de turista.
Quiero el sonido de un violín
enlazado con las teclas de mi piano.
Quiero ver las arrugas que sólo produce la risa
y los buenos momentos vividos.
Quiero el sonido de una voz profunda
susurrando en mi oído,
o gritando al cielo:
¡QUIERO LA VIDA!
la inmensidad de unos ojos profundos
al observar el mundo sin prejuicios.
Quiero la belleza de las tierras del norte
o de pasear por mi sur con ojos de turista.
Quiero el sonido de un violín
enlazado con las teclas de mi piano.
Quiero ver las arrugas que sólo produce la risa
y los buenos momentos vividos.
Quiero el sonido de una voz profunda
susurrando en mi oído,
o gritando al cielo:
¡QUIERO LA VIDA!
lunes, 12 de septiembre de 2011
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